LOS DESASTRES DE LA CRISIS

Para el sector de la galvanizacion en caliente, el año 2012 concluyó mostrando con toda crudeza y enormidad las consecuencias de esta compleja crisis económica tan dilatada que venimos padeciendo. Los resultados sectoriales, en cuanto a volúmenes de acero galvanizado, son los peores registrados en varias décadas, con un descenso promedio del 20% que, para muchos, incluso paradójicamente supone cierto alivio pues las expectativas eran aún mucho peores (tal es la desesperanza que vivimos).

 

En el sector del acero, los resultados interanuales adelantados por la patronal UNESID reflejan que la merma en la producción de este metal y el retraimiento de su consumo continúan sin alcanzar un suelo en el que rebotar y, desde él, tratar de hacer ver que es posible remontar el vuelo. Hay sectores (siempre los hay) que mantienen un decoroso nivel mínimo de actividad, como es el caso de la ingeniería civil o el de los equipamientos industriales, sin lugar a dudas influidos por la cada vez mayor presencia de las empresas españolas en los mercados exteriores. Pero, por decirlo de una manera pronta y clara, el resto es una depresión hondísima hacia la que van a parar los torrentes de lágrimas que este país aún es incapaz de enjugar. ¿Hasta cuándo quedará muerto, cuando no vacío de contenido, la política de fomento e infraestructuras? ¿Es posible que ya esté todo hecho, que no quede nada por hacer?

 

Hasta hace pocos meses, el sector de las energías renovables era identificado como la espita por donde aliviar la presión del maltrecho sector constructivo. Ahora ya, ni eso. Los sucesivos mazazos del Gobierno la sitúan en una posición de clara estampida, al igual que el mobiliario urbano y carretera, la construcción y los transportes. De hecho, suena a subterfugio pretender hacer creer que hay algún resquicio al que aferrarse en este descenso a los infiernos que estamos padeciendo. Sólo el País Vasco ha respondido con cierto empaque a las adversidades que todas las demás regiones encaran con desigual fortuna. Este dato, sin lugar a dudas  positivo, contiene no obstante cierto valor intrínseco que conviene situar en perspectiva.

 

El volumen de galvanización ha empeorado mucho, pero aún más han desmejorado las cuentas de explotación de las empresas. Y no sólo eso. A las dificultades financieras y de tesorería, pues indudablemente han caído mucho las ventas y no es fácil intuir de qué manera puede venderse más, hay que añadir las dificultades de cobro y la reducción brutal de márgenes. En todos los sectores, no sólo en éste, se sigue estos días una estrategia basada en tres palabras clave: aguantar como sea. Ora renegociando la financiación (si es posible, que hace demasiado tiempo que no lo es), ora reduciendo plantillas y congelando salarios. Y mientras tanto, bajando precios y luchando desesperadamente contra la tormenta sin fin en que nos movemos.

 

La solución, por tanto, dista de ser sencilla: el mercado se ha vuelto insostenible. Regresar a las benignidades de una práctica empresarial fuerte y razonable va a suponer un tiempo quizá demasiado extenso para muchas empresas. Y mientras ello ocurre, el sector continuará consumiendo recursos con el solo objetivo de asegurarse un presente que le permita encarar, quién sabe cuándo, un futuro absolutamente incierto.